Desde 2018 el mundo empezó a temblar con el estallido de una ola de protestas sociales que también tocó a Colombia; un país sumido en la corrupción y la violación a los derechos humanos y fundamentales.

La gente no aguanta más, los poderes tradicionales olvidaron que en una democracia el Estado está obligado a velar por los derechos y deberes de su pueblo. Y en medio de un cambio de era donde el ser humano vibra libertad y justicia, el reclamo es una manifestación que llama a despertar y hacer cambios que deben tocar de forma inevitable a las estructuras tradicionales del poder.

El 21N en Colombia no es un caso aislado en medio de la ola de protestas sociales que se vive en el mundo. Es el resultado de este cambio de momento histórico en el que las nuevas generaciones se empoderan para liderar la protesta exigiendo sus derechos humanos y constitucionales.

El origen

Las guerras de principios del siglo XX fueron resultado del movimiento de maquinarias políticas que desde allí han venido aprovechándose del negocio de la violencia para reclamar su institucionalidad.

A finales de siglo las estructuras del poder le vendieran al mundo un discurso de seguridad y democracia, para la protección y garantía de los derechos humanos. Luego de ello la sociedad se vió sumida en cambios progresivos que han llamado a la libertad del ser.

Pero los métodos de represión y autoritarismo por parte algunos Gobiernos han vuelto al Estado protector en el enemigo, lo que ha ocasionado que habiendo pasado diecinueve años del nuevo siglo XXI los habitantes del mundo protesten en una sola voz que grita ¡No más!

Las razones del estallido social son una respuesta al abuso constante del poder que se ha derramado en forma de corrupción e injusticia en todo el mundo.

Hoy en la era de las redes sociales, la corrupción y los crímenes de quienes están en el poder, no son un mal tan silencioso como antes y no se dilatan a través de los años. El pueblo ya no está sometido a lo que oye o ve en la radio o en la televisión. Ahora todos podemos hacer valer nuestra voz de protesta públicamente a través de un perfil digital que puede llegar a miles de personas en cuestión de minutos.

Por eso, la denuncia en la era digital, es un arma que el pueblo ha tomado por las manos y que hace accionar a través de social media para exponer las injusticias e invitar al reclamo y la protesta por el atropello de sus derechos.

Estallido de protestas sociales: ¿Estábamos dormidos?

La ola mundial de manifestaciones constantes que empezó en 2018, nos hace pensar en un despertar colectivo que una vez consciente no se atreve a ser indiferente.

Desde el año pasado Irak vive manifestaciones y protestas que llevan sangre a cuestas. En 2018, el pueblo salió masivamente a las calles, protestando por la contaminación del agua, que enfermó a los ciudadanos de la ciudad de Basora. En octubre de este año, la gente volvió a movilizarse en reclamo por sus derechos fundamentales: servicios básicos como agua potable y luz, además de empleo y oportunidades igualitarias.

En abril de 2019 en Hong Kong, el pueblo salió a las calles por la violación de su libertada política cuando el Estado aprobó la extradición a China continental. Y pese a que el Gobierno, luego del estallido social, retiró el proyecto de Ley, la gente siguió manifestándose por su libertad para elegir ellos mismos al Gobierno de Hong Kong, territorio que en 1997 fue devuelto por Gran Bretaña a China, pero en cuyo acuerdo se acordó su autonomía económica y legal. Finalmente este 23 de noviembre el pueblo pudo ir libremente a las urnas.

En Líbano, la gota que derramó el vaso fue el impuesto que decretó el Gobierno sobre las llamadas hechas a través de internet. Esa fue la chispa que enardeció al pueblo, quien no solo salió a protestar por ello, sino por los constantes cortes de luz, la falta de agua y de vida digna.

Así, las protestas siguieron estallando hasta ser hoy 20 los países del mundo en donde se han presentado puntos de inflexión importantes dentro de sus sociedades.  EspañaGuinea, Reino Unido, y Egipto son algunos de los territorios que ven más vulnerados sus derechos y libertades políticas.

En Latinoamérica, Haití se levantó en medio de una crisis social contra su presidente Jovenel Moïse, vinculado en casos de corrupción. Brazil ardió más de lo arde el Amazonas, en contra de las políticas de su presidente de ultraderecha. Chile, no ha dejado de enardecer en protestas por la desigualdad y el difícil acceso a la educación. Ecuador salió a defenderse a las calles por el retiro de los subsidios de la gasolina, Bolivia lo acompañó con la voz de un pueblo dividido por extremistas religiosos; y a Colombia llegó la ola de protestas, a la que se unió en un grito de reclamación por los derechos del pueblo: salud, educación, paz y justicia.

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21N: No soy nadie pero soy Colombia

El 21 de noviembre fue un punto de inflexión en que el pueblo colombiano se manifestó contra la injusticia y el incumplimiento del Gobierno en temas de salud, educación, vida digna, cumplimiento en los acuerdos de paz, acción contra la matanza de líderes sociales, conciencia por el cambio climático y justicia.

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Varios sectores políticos y sociales llamaron a la ciudadanía inconforme a salir a las calles de forma pacífica para reclamar sus derechos, pero no acabó ahí. Luego de las multitudinarias marchas, la violencia organizada (por grupos de los que nadie parece querer hablar) empezó a perpetrar el ambiente de disgusto social y el Gobierno desplegó su fuerza policial contra el pueblo. Pero las calles no se callaron y en la noche un cacerolazo espontáneo se hizo oír en todo el territorio nacional.

Siete días después, estas son las cifras que ha dejado la jornada de manifestaciones y protestas en Colombia: tres víctimas mortales, 350 manifestantes heridos, 341 integrantes de la fuerza pública heridos, 13 policías investigados por abuso de autoridad, 59 extranjeros deportados por infragancia en actos de vandalismo, 387 marchas y concentraciones presentadas y ni qué hablar de las millones de pérdidas económicas que tanto tienen encrespado al Gobierno.

Una de las víctimas mortales que hoy solo engrandece la cifra de los más de 200 casos de abuso del poder policial, fue el de Dylan Cruz, un estudiante de colegio público quien se encontraba manifestando cuando fue atacado por el ESMAD (Escuadrón Móvil Antidisturbios).

Con él han sido millones los estudiantes que han manifestado su voz de protesta frente a un país en donde en 2018 solo el 22% de la población tenía un título profesional y donde de cada 100 colombianos 56 no tienen completa su educación básica. Y a esto súmele la corrupción, con la que los sectores políticos han despilfarrado el presupuesto para la educación.

El factor común: reclamo por la desigualdad y el abuso de la fuerza pública

Puede que iraquíes y chilenos no tengan muchas costumbres en común, pero algo es seguro: los une una voz que reclama sus derechos.

Por desgracia una de las características comunes entre todos los pueblos que han salido a protestar en su legítimo derecho, han sido violentados por el mismo Estado en un uso desmedido de la fuerza pública.

La violencia es un método de represión que busca legitimizar muertes en nombre de la seguridad. Un discurso al que el mundo ya no le cree más y que intensifica el fervor del pueblo en contra de Gobiernos autoritarios y represores.

Luego de siete días de protestas en la capital colombiana, hay algo que está claro en la población: el momento del cambio ha llegado. Negar este movimiento social es un error, tanto para el Gobierno como para una sociedad que espera ser escuchada y tratada con dignidad.

Este momento histórico es el principio de una gran reforma mundial, que no solo tocará los puntos más álgidos de la sociedad como la conocemos, sino que será el momento en el que la humanidad empezará a pensar de manera distinta. La unión y el espíritu de colaboración se vive entre los que queremos y nos movemos con un cambio que nos tiene en la incertidumbre, pero que nos hace plantarnos con valentía frente a un nuevo y mejor futuro para todes.


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